El último día

Daniel Riobóo Buezo

Hoy hace un mes desde la última vez que nos vimos. Fue el 9 de marzo, el día de mi cumpleaños. Habíamos pasado el fin de semana en Bilbao y me había pedido libre aquel lunes para alargarlo y celebrarlo juntos.

Tras un fin de semana pateando Bilbao, descubriendo el nuevo diseño de Abecedario del Museo de Bellas Artes, haciendo el monguer en el Guggenheim y comiendo de maravilla como siempre que se visita el País Vasco, llegó aquel día que, sin saberlo entonces, sería el último que nos veríamos.

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Amanecimos despacio, algo perezosos. Tras ducharme me encontré con tu sorpresa en forma de unos regalos muy especiales. Después desayunamos con calma nuestras barritas de jamón y subimos en funicular al monte Artxanda bajo el txirimiri de una mañana desapacible, típicamente bilbaina. Las vistas desde el monte son espectaculares aunque el viento retorcía continuamente nuestro paragüas y prometimos volver durante un día soleado. Tras intentar buscar sin éxito la ermita por la cima, llegamos hasta la Basílica de Begona en donde pediste un deseo que no hace falta que me contaras para poder imaginar.

Paseamos tranquilamente hasta la Alhóndiga comentando que Bilbao es una ciudad en la que no nos importaría nada vivir. Allí nos sorprendimos ante un antiguo almacén de vino en donde ves a la gente nadando encima de tu cabeza, ahora es un centro culturar y deportivo con una arquitectura singular.

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También tiene un buen restaurante, Yandiola, donde disfrutamos de un menu degustación riquísimo siendo prácticamente los únicos clientes. Era un lunes a mediodía y además las noticias empezaban a meternos el miedo en el cuerpo. Nosotros, como todos, ya llevábamos parte del fin de semana hablando sobre lo que podía ocurrir. Tu estancia dos años en Taiwan y tu buen conocimiento de China te hacía ser pesimista sobre lo que vendría.

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Recogimos las maletas en el hotel y nos fuimos pitando hacia la estación de tren porque siempre sigo apurando aunque tu seas más previsora. El viaje de vuelta fue alterado. Aunque intentábamos desconectar leyendo y viendo algún capítulo de serie, cada dos por tres nos saltaban notificaciones en el móvil. Nuevos fallecidos, aumento exponencial de los contagiados y las primeras medidas desde las administraciones. En Madrid los colegios y centros educativos cerrarían desde el miércoles y se recomendaba el teletrabajo en las empresas.

Llegamos de noche a Chamartín y rápidamente en un taxi hasta mi casa para que recogieras tu coche para ir a casa de tus padres y acompañarles el día siguiente al hospital. Nos despedimos apresuradamente. Era tarde, al día siguiente madrugábamos y no queríamos imaginar que el mundo se iba a paralizar.

Aunque nos vemos a diario a través de videollamadas, aunque nos reímos y apoyamos continuamente, ese contacto nunca puede ser ni remotamente parecido a estar juntos. Has perdido tu trabajo y estás cuidando de tus padres porque al principio su confinamiento sin ti estaba siendo infinitamente más duro para ellos. Nos separan veinte kilómetros y, sobre todo, unas ganas enormes de vernos. Mientras sigo deseando que tu deseo a la Vírgen de Begoña se haga realidad espero que el mío igualmente pueda hacerlo. Creo que también sabes cual es.

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P.D. Tienes que crearte un blog para que podamos leer tus maravillosos microcuentos y no sólo a través de tu cuenta de instagram.

DesUnión Europea

Daniel Riobóo Buezo

En España seguimos viendo la división política por la crisis del COVID-19. Al fin y al cabo estamos acostumbrados. El cainismo español es algo casi consustancial a nuestro país. Pero ahora también estamos viendo el profundo desacuerdo en las reuniones del Eurogrupo, incapaz de encontrar un consenso sobre las inversiones y programas de ayuda para hacer frente a la monumental crisis económica que va a desatar la pandemia.

Para hacernos una idea, Bruselas calcula que el efecto de la crisis se traducirá en la peor caída de la actividad de los últimos tres cuartos de siglo. La Organización Internacional del Trabajo avisa de que si no se ponen de acuerdo el resultado será catastrófico con la pérdida de 12 millones de empleos.

Mientras Italia reclama solidaridad, Holanda se niega a la aprobación de los Coronabonos, un plan Marshall europeo por valor de medio billón de euros para rescatar a las economías de los países del sur de Europa, los más afectados hasta el momento por la epidemia y a la vez lo más endeudados. Alemania y Francia y España intentan media para alcanzar un acuerdo de mínimos de momento sin éxito y, como añadido, hoy mismo el jefe de la ciencia europea, el italiano Mauro Ferrari ha dimitido asegurando estar “decepcionado” por la gestión de la crisis por parte de la Unión Europea.

A la crisis abierta tras el Brexit se suma ahora la del cisne negro que nadie esperaba. Hace una semanas ya vimos los primeros enfrentamientos con las acusaciones de España e Italia hacia Francia y Alemania por acaparar la compra y distribución de material sanitario. Posteriormente el primer ministro portugués Antonio Costa calificó de “repugnante” el discurso económico de Holanda que culpaba a España e Italia por haber vivido demasiado alegremente y no haber ahorrado lo suficiente para poder hacer frente a una crisis que casi nadie podía prever.

Así, la vieja Unión Europea cuyo germen fue unir al continente tras la tragedia que supuso la Segunda Guerra Mundial ha ido creciendo y avanzando con sus breves periodos de parálisis. Desde sus seis miembros iniciales, pasando por su Tratado en 1993 y los 27 países actuales (tras la salida del Reino Unido) su extensión y poder han ido aumentando paulatinamente. Pero ahora mismo está viviendo probablemente la mayor crisis de su historia.

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En un momento en el que hay una disputa por el liderazgo mundial entre Estados Unidos y China, la Unión Europea, lejos de presentar su candidatura, se encuentra más desunida que nunca. Personalmente creo que es el momento de recordar sus valores: la inclusión, la tolerancia, la justicia, la solidaridad y la no discriminación. Bien harían los 27 miembros en tenerlos presentes más que nunca para llegar a un acuerdo y dar ejemplo a los ciudadanos porque, o nos salvamos y ayudamos todos o probablemente no lo haremos ninguno.

Fake news: el otro virus

Daniel Riobóo Buezo

Mientras los contagiados y los sanitarios siguen luchando de forma denodada contra el virus, hay otra epidemia que ahora también sufrimos más que nunca. Es la pandemia de las noticias falsas, también conocidas con el término anglosajón fake news y de cuyo aumento exponencial ha alertado la propia Organización mundial de la Salud abriendo incluso un canal informativo en whatsapp.

Para delimitarlas correctamente, Wikipedia las define como un tipo de bulo que consiste en un contenido pseudoperiodístico difundido a través de portales de noticias, prensa escrita, radio, televisión y redes sociales y cuyo objetivo es la desinformación.

La Policía Nacional anunciaba ayer que ha localizado más de un millón y medio de cuentas en redes sociales relacionadas con el virus y que se dedican a manipular y difundir noticias falsas. Además recordaba que la responsabilidad de estos mensajes falsos es de todos y pedía no transmitirlos para no convertirlos en virales.

Pero, ¿está preparada toda la población para distinguir las noticias veraces de las falsas? ¿Tiene el tiempo y el conocimiento para poder llevar a cabo una verificación adecuada? Esta infografía de la Policía Nacional puede servirnos para detectar noticias falsas.

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Todos recibimos bulos y noticias falsas continuamente, bien sea por redes sociales o a través de grupos de whatsapp. La mayoría se detectan a simple vista pero algunas no tanto, pueden estar muy bien elaboradas. Yo intento verificarlas buscando la noticia o fuente original o a través de alguna de las organizaciones y herramientas que existen como esta web que ha creado recientemente la Unión Europea o maldita.es. Pero alguna vez, como a casi todos, me la han colado. Y es que a veces nos puede la urgencia de ser los primeros en transmitir una noticia. Siempre es mejor ser prudentes. Como decía Baltasar Gracián «es cordura provechosa ahorrarse disgustos. La prudencia evita muchos».