Los niños y el confinamiento

Daniel Riobóo Buezo

Ayer fue el cumpleaños de mi sobrino Jorgito, el benjamín de la familia. Abuelos, tíos, primos y amigos nos grabamos felicitándole y luego su hermano Juanma montó el vídeo. Le hizo ilusión pero siempre lo recordará como un cumpleaños extraño. Este año se queda sin una celebración en condiciones, sin su acto de graduación, su viaje de fin de curso y sin el final de temporada en su equipo, el Alcobendas. Pero Jorge, como Juanma y como muchos otros niños, está aguantando el confinamiento sin quejarse, dándonos una lección a los mayores.

IMG-20200418-WA0054

Ahora mientras se concreta autorizar a los niños a salir un rato al día desde el próximo 27 de abril, ellos siguen con sus lecciones online y jugando en casa. El hecho de ser una generación que ya de por sí juega menos en la calle que nosotros quizá les esté ayudando a llevarlo mejor. Yo con su edad estaba todo el día en la calle jugando a las chapas o al rescate y haciendo deporte en plan Sport Billy y creo que lo hubiera llevado mucho peor. Ahora a partir de cierta edad los niños son más caseros, cosas de los móviles y el fortnite.

La decisión sobre permitir salir un rato al día a los niños es polémica y su resolución peliaguda. Por un lado les serviría para que les de el aire y puedan desfogarse pero a la vez pueden contraer el virus y contagiarlo aunque sean asintomáticos. Hay opiniones para todos los gustos. Al igual que las hay sobre si debe darse por terminado el año académico y otorgar el aprobado general ante la dificultad de reanudar el curso o poder examinarse. Por eso varias Comunidades Autónomas se han rebelado ante el plan del gobierno. Lo que si parece relevante es la necesidad de que hagan deporte, aunque sea en casa, ya que tiene numerosos beneficios durante la infancia.

El otro día mi hermana me envíó este divertido vídeo sobre cómo Jorgito cumplía con sus entrenamientos. Mis sobrinos tienen suerte. Al menos pueden turnarse para sacar a pasear al perro y tienen una casa medianamente grande y con terraza. Pero si piensas en otros niños que no tienen perro al que pasear y que viven en una casa muy pequeña donde no pueden tener habitación propia, debe ser mucho más complicado soportar el confinamiento. Por eso creo que los niños también están dando ejemplo y merecen nuestro reconocimiento.

Mi epopeya pandémica

Daniel Riobóo Buezo

Esta mañana la alarma tampoco ha sonado. Un día más no le ha dado tiempo. Los niños de los vecinos llevan todo el puñetero confinamiento puntuales a su cita. Los angelitos se han propuesto no dejarme dormir más allá de las ocho y media. Son un despertador infalible.

Tras un desayuno supervitaminado y mineralizado me he puesto manos a la obra. En el vídeo que publicamos hoy hay un truco de magia que nos había pasado desapercibido. Nos hemos reído con ello. Al fin y al cabo un problema de raccord lo tiene cualquiera…

Llevaba varios días ajetreados sin poder ir a hacerle la compra a mi padre. Quienes creían que trabajar desde casa era un chollo ya se habrán dado cuenta de que el teletrabajo no era la panacea. El último mes he hecho más horas extra que Kunta Kinte. Al menos los viernes teóricamente hacemos jornada reducida y hoy he terminado pronto por fin.

20200417_182159

Así que, ufano y liberado, he abierto el armario para decidir qué ponerme. La elección ha sido ardua entre los tres pantalones de chándal y las tres sudaderas. Me he puesto los más elegantes, el chándal de vestir y la sudadera casual. Llevo un mes del pijama al chándal y viceversa. El calzado tampoco me crea quebraderos de cabeza. O pantuflas o zapatillas.

Tras dudarlo, al final de decidido ducharme para ir al supermercado. Al Mercadona se puede ir en chándal pero nunca oliendo a tigre. Al mirarme en el espejo me han sorprendido dos cosas. Por un lado mi palidez vampírica producto del confinamiento y de haber estado sin afeitarme un mes. Por otro mi pelo. Si ya de por si mis remolinos lo hacen indomable, ahora directamente tengo un pompón digno de los Jackson Five.

Quería ir en coche para no ir tan cargado y por moverlo un poco. Ha sido imposible ponerlo en marcha tras tres semanas parado. En mi cabeza escuchaba el “¡¡trata de arrancarlo, Carlos!!” pero, al igual que Carlos Sáinz y Luis Moya, también he perdido mi rally. He pedido consejo a los amigos pero tampoco me han ofrecido ninguna receta milagrosa así que intentaré resucitarlo en junio.

20200417_140720

De camino al supermercado me ha sorprendido la frondosidad de las zonas verdes. He respirado profundamente y, antes de entrar, me he dispuesto a estrenar mi flamante mascarilla de pico de pato. Espero que nadie me haya grabado intentando ponérmela porque me ha costado tres intentos. Y ni siquiera así he conseguido hacerlo del todo bien.

Una vez dentro parecía estar en el escenario de una peli de ciencia ficción entre tanta gente con mascarillas, viseras y artilugios varios. Ante mi tenía una misión complicada: completar la detalladísima lista de la compra que me manda mi padre. Esa tarea incluye abrir con guantes las bolsitas de plástico para la fruta, una tarea solo al alcance de microcirujanos. El primer día mi fiabilidad como personal shopper fue parecida a la de un test chino defectuoso. He ido mejorando y, aunque tengo un problema de orientación crónico, ya consigo encontrar casi todo lo que me pide. Eso si, al final he vuelto a fallar en una cosa pero todavía aspiro a alcanzar la perfección.

Screenshot_20200417-135543_WhatsApp

Al bajar por la rampa mecánica hacia la caja me he despistado haciendo una foto de la compra, se me ha escapado un poco el carro y he estado a punto de atropellar a un señor. Por suerte él no se ha dado cuenta pero he sentido miradas de desconfianza de los que subían por el otro lado.

20200417_142658

Creo que pocas veces he sentido tanta claustrofobia como durante ese rato con la mascarilla. Ni tanta liberación como al quitármela. Si vamos a tener que llevarlas cuando por fin podamos salir a la calle igual sigo con el confinamiento voluntario.

Después he ido cargado como una mula hasta casa de mi padre y he bromeado con mis antiguos porteros mientras el ascensor subía las bolsas y recibía el OK del General Patton. Misión cumplida. Mi padre ha agradecido mi titánica tarea desde la ventana y me ha hecho una foto para la posteridad.

IMG-20200417-WA0010

Diez minutos después he llegado a casa, he colocado mi compra y me he obsequiado con un manjar: una lasaña de salmón y espinacas. Me sale de maravilla. Os paso la receta: tres minutos en el microondas. Tiembla Ferrán Adriá.

Aquí ha terminado mi aventura. El resto del día pienso dedicarlo a mis hobbies y a tomar una cibercerveza con los amigos. Me lo merezco. También los superhéroes cotidianos tenemos derecho a descansar.

Finales sin despedida

Daniel Riobóo Buezo

Uno de los dramas silenciosos, ya asumidos pero igualmente dolorosos de esta pandemia es el de los finales sin despedida. Hoy he conocido de primera mano uno de ellos, el del padre de una persona muy cercana a mi familia. Ha fallecido en una residencia en la que llevaba muy pocos meses. No han podido ni verlo ni juntarse para brindarle una pequeña despedida. Tan sólo han recibido en casa una urna con sus cenizas. Lo ha afrontado con una resignación y fortaleza admirables.

Perder a alguien tan importante en tu vida siempre es terrible. Y en las condiciones actuales debe generar un sentimiento de impotencia enorme al no poder ni siquiera despedirte. Cada día los que nos dejan son un numero más de una estadística que no parece tener fin. Pero todos tienen una historia personal detrás, una vida que en muchos casos se está apagando sin tener a nadie cerca, sin un homenaje, sin un merecido adiós.

Otros sí reciben un reconocimiento, también más efímero de lo normal, porque destacaron en alguna faceta artística o con mayor repercusión social. Es el caso del escritor chileno Luis Sepúlveda, fallecido hoy también por coronavirus. Se ha ido muy pronto, con setenta años, la misma edad que tenía Antonio José Bolívar Proaño, el protagonista de “Un viejo que leía novelas de amor”, la maravillosa novela que le consagró. Con ella Sepúlveda ganó el premio Tigre Juan de Oviedo y desarrolló una prolífica y celebrada carrera literaria mientras seguía enamorándose de Asturias, en donde se quedó a vivir hasta hoy.

LuisSepúlveda

Con homenaje o sin él, al final la muerte nos iguala a todos. Ya lo glosó Jorge Manrique en forma de copla hace más de cinco siglos.

Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir;

allí van los señoríos derechos a se acabar y consumir;

allí los ríos caudales, allí los otros medianos y más chicos,

y llegados, son iguales los que viven por sus manos y los ricos”.