Negacionismo, periodismo y crímenes de guerra en Ucrania

Por Daniel Riobóo Buezo Seguir a @danirioboo

La brutalidad de una guerra nos impacta nuevamente cuando menos lo esperamos y cuando parece que la paz por fin empieza a acercarse. En mi caso (y supongo que os pasó a casi todos) ocurrió el domingo tras un fin de semana de boda en Valladolid. Había medio desconectado de la actualidad durante un día y medio pero, al regresar y ver los informativos, el horror me sacudió. Las imágenes mostraban cadáveres tirados en la calle, fosas comunes y una ciudad residencial, Bucha, a las afueras de Kiev, completamente devastada.

Las siguientes horas confirmaban y ampliaban lo sucedido. En la retirada de sus tropas, el ejército ruso había dejado la ciudad sembrada de cadáveres (al menos ya 400 contabilizados), la mayoría hombres. Muchos de ellos con las manos atadas y habiendo recibido un tiro en la cabeza. Según los espeluznantes testimonios de los supervivientes, testigos presenciales ucranianos, los soldados rusos disparaban y asesinaban indiscriminadamente, prácticamente a cualquier persona que se les cruzara por la calle durante los últimos días de su ocupación.

Es lo que se se conoce como ‘zachistka’, un mecanismo ya denunciado por Amnistía Internacional desde la guerra de Chechenia hace 20 años. Consiste en arrasar una zona de conflicto asesinando a cualquier civil, forme o no parte de alguna milicia armada, de torturar, violar y destruir casas y edificios. También en dejar las zonas ocupadas sembradas de minas y explosivos al partir. Su traducción de forma literal es ‘barrido’. No voy a mostrar imágenes de las masacres de Bucha o Irpín porque todos las habéis visto y no es el objeto de este post pero sí hay dos preguntas a las que voy a tratar de responder.

¿Debe mostrarse el horror y la crudeza de la guerra en televisión?

Hay quien cuestiona que se muestren las imágenes más crudas en televisión argumentando que no aportan nada. Disiento completamente. Desgraciadamente la guerra es así, creo que no hay que edulcorarla sino mostrarla con toda su crudeza y su horror (siguiendo los códigos informativos establecidos y no mostrando rostros) para que nos demos cuenta de que saca lo peor del ser humano y de que siempre hay que intentar evitarlas. Si lo que estamos viendo en Bucha nos horroriza, ¿qué no estará ocurriendo en ciudades arrasadas y zonas apagadas informativamente como Mariúpol o Járkov? Probablemente lo sabremos cuando las tropas rusas se retiren y los periodistas y los organismos internacionales puedan entrar a verificar lo ocurrido con pruebas fehacientes y respetando la denominada cadena de custodia. Y lo que hemos visto en Bucha puede suponer un punto de inflexión en la guerra ante las reacciones y la conmoción que está generando.

También creo que el relato de los testigos directos sirven para reivindicar el trabajo de los profesionales de la información enviados a las zonas de combate, una especie prácticamente en vías de extinción porque a muchos medios informativos les dejó de compensar enviarlos a cubrir los conflictos armados. Periodistas (corresponsales de guerra y enviados especiales), cámaras, productores y ‘fixers’, los periodistas o personas locales que hacen las veces de intérpretes y de guías de los periodistas sobre el terreno.

Almudena Ariza es una de las enviadas especiales de TVE en Ucrania.

En mi caso, además de los diarios digitales a los que estoy suscrito y de las radios que escucho, si hablamos de televisión, me estoy informando principalmente a través de TVE. Considero que está haciendo una cobertura fantástica demostrando por qué una televisión pública es tan necesaria. La cobertura in situ de Almudena Ariza, Oscar Mijallo, Fran Sevilla así como la de profesionales de otros medios como Mikel Ayestarán, Mónica Bernabé, María Sauquillo o Alberto Sicilia tiene un valor enorme y creo que es necesario reconocerla y reivindicarla.

En cambio, otros corresponsales de guerra y fotoperiodistas españoles han tenido que empezar a trabajar para medios extranjeros los últimos años ante la precariedad de sus condiciones colaborando con medios españoles. Para reivindicar su labor, la de los caídos y la de los que continúan jugándose la vida para informar sobre las guerras, recomiendo ver «Morir para contar», el documental de Hernán Zin. Está en Netflix y aquí podéis ver un trailer.

¿Cómo es posible que haya negacionistas de los crímenes de guerra que vemos en Ucrania?

La segunda pregunta que me hago y a la que me es más difícil responder es cómo es posible que haya gente que niegue esos crímenes de guerra que los medios de comunicación y organismos internacionales están documentando. Y no me refiero a la propaganda rusa que niega lo ocurrido y difunde teorías alternativas sobre un supuesto montaje ucraniano. Me refiero a nuestro propio país, en las redes sociales, especialmente en Twitter, una red básicamente abierta e «informativa». Según escuché ayer, siempre hay «negacionistas» de los genocidios, ya sean los ocurridos en Chechenia, en Ruanda, en la antigua Yugoslavia o en cualquier otro lugar donde haya habido una guerra.

Estos negacionistas deben creerse los más listos de la clase negando lo que vemos y acusando a los medios de formar parte de un ejército de manipuladores al servicio de Estados Unidos. Es evidente que vivimos en un mundo en el que los bulos, las «fake news» y la desinformación son tristemente habituales. También lo es que la versión de la guerra que estamos viendo en España es básicamente la ucraniana. Pero es que en Rusia se ha expulsado y amenazado con hasta 15 años de prisión a los periodistas o a cualquiera que disienta de la versión oficial del Kremlin y ose hablar de guerra en lugar de «operación militar especial». Poner en cuestión el trabajo de los medios y periodistas y de los organismos internacionales que están en Ucrania me parece incomprensible y hasta peligroso.

A los negacionistas y a los criminales de guerra el tiempo les acabará poniendo en su lugar, en el caso de Vladimir Putin y quienes han ordenado y ejecutado una invasión injustificada y atroz, espero y deseo que ante la justicia del Tribunal Penal Internacional. Termino recordando las palabras de Julio Anguita tras la muerte de su hijo, Julio Anguita Parrado, corresponsal de guerra de El Mundo en la guerra de Irak: «malditas sean las guerras y los canallas que las hacen».

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