Por un 2022 lleno de reencuentros e ilusión

Últimamente bromeo con mi padre diciéndole que parece Chiquito de la Calzada. Las pocas veces que nos vemos, siempre en exteriores y a dos metros, tiene un acto reflejo de dar un paso hacia atrás cuando te aproximas un poco. El miedo es libre y él, como la mayoría de nosotros, teme al contagio. Por eso estos dos últimos años ha decidido no juntarse con nadie en las fechas navideñas. Lo hemos respetado y ha hecho muy bien, no como yo que me he contagiado de nuevo recientemente por bajar la guardia.

Creo que, al igual que mi padre, todos nos hemos vuelto desconfiados ante el contacto humano. Especialmente ante los desconocidos y en interiores pero también con conocidos e incluso en exteriores. El ser humano ha pasado a temer al ser humano y hemos ido creando nuestras propias burbujas de seguridad y, salvo algunos meses de menor incidencia, hemos dejado de ver a muchos amigos y familiares.

Ahora con la nueva variante Ómicron está incluso más justificado ya que es altamente contagiosa, incluso al aire libre estando cerca, puedo dar fe. Quizá esta alta transmisibilidad sea por fin el principio del fin de la pandemia y el virus acabe quedando como una enfermedad endémica más, como ya apuntan cada vez más epidemiólogos.

2021 ha sido un año de pérdidas, para mi y supongo que para casi todos. Inesperadas y dolorosas como la de mi tío Ramón y la de Gregorio, el padre de Paz, o injustas y fácilmente superables como la de mi anterior trabajo. Pero la vida también se renueva con amigos que siguen teniendo hijos o encontrando nuevo empleo y colaboraciones.

Mi familia paterna al completo en las bodas de oro de mis padrinos Manolo y Olga hace unos años.

Finalmente no terminaré el año trotando en la festiva San Silvestre Vallecana como pretendía. Pero 2021 termina para mi con un pequeño gesto cargado de significado. Mi padre me ha traído hoy unas chuletas de cordero lechal para que coma algo «especial» en Nochevieja o Año Nuevo. Puede parecer un detalle nimio pero refleja que va venciendo su miedo a acercarse a un contagiado (con mascarilla y a dos metros). Y es que creo que todos debemos empezar a naturalizarlo y a asumir que el coronavirus, como otras enfermedades anteriores, ha llegado para quedarse y no puede seguir paralizando nuestra vida.

Para terminar este post, a 2022 sólo le pediría que veamos de nuevo a todos aquellos a los que no hemos visto durante estos casi dos años de pandemia. También que podamos tener conversaciones donde no hablemos del puñetero virus. Y, sobre todo, que volvamos a vivir normalmente, sin miedo y con ilusión. Feliz año a todos.

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