Mi epopeya pandémica

Daniel Riobóo Buezo

Esta mañana la alarma tampoco ha sonado. Un día más no le ha dado tiempo. Los niños de los vecinos llevan todo el puñetero confinamiento puntuales a su cita. Los angelitos se han propuesto no dejarme dormir más allá de las ocho y media. Son un despertador infalible.

Tras un desayuno supervitaminado y mineralizado me he puesto manos a la obra. En el vídeo que publicamos hoy hay un truco de magia que nos había pasado desapercibido. Nos hemos reído con ello. Al fin y al cabo un problema de raccord lo tiene cualquiera…

Llevaba varios días ajetreados sin poder ir a hacerle la compra a mi padre. Quienes creían que trabajar desde casa era un chollo ya se habrán dado cuenta de que el teletrabajo no era la panacea. El último mes he hecho más horas extra que Kunta Kinte. Al menos los viernes teóricamente hacemos jornada reducida y hoy he terminado pronto por fin.

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Así que, ufano y liberado, he abierto el armario para decidir qué ponerme. La elección ha sido ardua entre los tres pantalones de chándal y las tres sudaderas. Me he puesto los más elegantes, el chándal de vestir y la sudadera casual. Llevo un mes del pijama al chándal y viceversa. El calzado tampoco me crea quebraderos de cabeza. O pantuflas o zapatillas.

Tras dudarlo, al final de decidido ducharme para ir al supermercado. Al Mercadona se puede ir en chándal pero nunca oliendo a tigre. Al mirarme en el espejo me han sorprendido dos cosas. Por un lado mi palidez vampírica producto del confinamiento y de haber estado sin afeitarme un mes. Por otro mi pelo. Si ya de por si mis remolinos lo hacen indomable, ahora directamente tengo un pompón digno de los Jackson Five.

Quería ir en coche para no ir tan cargado y por moverlo un poco. Ha sido imposible ponerlo en marcha tras tres semanas parado. En mi cabeza escuchaba el “¡¡trata de arrancarlo, Carlos!!” pero, al igual que Carlos Sáinz y Luis Moya, también he perdido mi rally. He pedido consejo a los amigos pero tampoco me han ofrecido ninguna receta milagrosa así que intentaré resucitarlo en junio.

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De camino al supermercado me ha sorprendido la frondosidad de las zonas verdes. He respirado profundamente y, antes de entrar, me he dispuesto a estrenar mi flamante mascarilla de pico de pato. Espero que nadie me haya grabado intentando ponérmela porque me ha costado tres intentos. Y ni siquiera así he conseguido hacerlo del todo bien.

Una vez dentro parecía estar en el escenario de una peli de ciencia ficción entre tanta gente con mascarillas, viseras y artilugios varios. Ante mi tenía una misión complicada: completar la detalladísima lista de la compra que me manda mi padre. Esa tarea incluye abrir con guantes las bolsitas de plástico para la fruta, una tarea solo al alcance de microcirujanos. El primer día mi fiabilidad como personal shopper fue parecida a la de un test chino defectuoso. He ido mejorando y, aunque tengo un problema de orientación crónico, ya consigo encontrar casi todo lo que me pide. Eso si, al final he vuelto a fallar en una cosa pero todavía aspiro a alcanzar la perfección.

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Al bajar por la rampa mecánica hacia la caja me he despistado haciendo una foto de la compra, se me ha escapado un poco el carro y he estado a punto de atropellar a un señor. Por suerte él no se ha dado cuenta pero he sentido miradas de desconfianza de los que subían por el otro lado.

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Creo que pocas veces he sentido tanta claustrofobia como durante ese rato con la mascarilla. Ni tanta liberación como al quitármela. Si vamos a tener que llevarlas cuando por fin podamos salir a la calle igual sigo con el confinamiento voluntario.

Después he ido cargado como una mula hasta casa de mi padre y he bromeado con mis antiguos porteros mientras el ascensor subía las bolsas y recibía el OK del General Patton. Misión cumplida. Mi padre ha agradecido mi titánica tarea desde la ventana y me ha hecho una foto para la posteridad.

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Diez minutos después he llegado a casa, he colocado mi compra y me he obsequiado con un manjar: una lasaña de salmón y espinacas. Me sale de maravilla. Os paso la receta: tres minutos en el microondas. Tiembla Ferrán Adriá.

Aquí ha terminado mi aventura. El resto del día pienso dedicarlo a mis hobbies y a tomar una cibercerveza con los amigos. Me lo merezco. También los superhéroes cotidianos tenemos derecho a descansar.

2 comentarios en “Mi epopeya pandémica

  1. Muy bueno Dani! Me he reído o un montón 😂 lo necesitaba. Me alegro saber q tu y tu padre estáis bien. Un ciber abrazo para ti y para el resto de la familia. Mucho animo. Mayte

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