El día que fuimos campeones del mundo en Johannesburgo

Durban, Johannesburgo, Pretoria, Ciudad del Cabo, otra vez Johannesburgo, de nuevo Durban y, por tercera vez, Johannesburgo, esta vez por fin en el Soccer City. No, no es un recorrido turístico repetitivo por Sudáfrica, son las siete sedes donde España jugó sus partidos en el mundial de 2010, el que hizo que nuestros sueños futbolísticos, tantas veces convertidos en pesadillas, tuvieran por fin un final feliz.

Creo que debí de ser uno de los pocos afortunados que pudo ver in situ los siete partidos del mundial. Mi “irresponsabilidad” me hizo perder alguna posibilidad de trabajo, provocó que se enfadase mi novia y cavó un buen agujero en mi cuenta corriente. Pero no me arrepiento de nada, todo lo anterior tiene remedio. A cambio pasé uno de los mejores meses de mi vida vida recorriendo un país espectacular, viviendo un ambiente único, conociendo a gente maravillosa que no olvidaré y acompañando a la Roja desde el gatillazo inicial con Suiza hasta el orgasmo final ante Holanda.

La derrota inicial frente a Suiza pudo amargar la fiesta española en Sudáfrica.
La derrota inicial frente a Suiza pudo amargar la fiesta española en Sudáfrica.

A toro pasado puede parecer oportunista pero yo siempre creí que el fútbol nos debía una. Y grande. Mis primeros recuerdos mundialistas afortunadamente son borrosos porque España 82 debió ser una gran decepción para todos tras el sonado castañazo en casa. Después, con diez añitos, me llevé un tremendo disgusto a las tantas de la madrugada con el penalti famoso de Eloy en México. Más tarde, en Italia 90, Yugoslavia sepultaba en octavos las aspiraciones de aquella selección comandada por la quinta del Buitre.

Pero lo peor estaba por llegar. El fallo de Salinas, el gol de Baggio y el postrero codazo de Tassotti a Luis Enrique en Boston me dolieron en el alma. Lo del 98 fue casi peor porque terminar marcando seis goles en el último partido para no pasar ni de primera ronda es frustrante. En 2002 el robo surcoreano estuvo a punto de hacerme abandonar de por vida el fútbol, igual que aquel día en Alemania 2006 en el que Ribery y Zidane volvieron a partirnos el alma. Pero yo soy de los que piensan que el fútbol, como la vida, siempre da revancha. Y, afortunadamente, he podido ser testigo directo de ello.

Luis Aragonés inició la época dorada de una selección que se coronó por fin en Sudáfrica.
Luis Aragonés inició la época dorada de una selección que se coronó por fin en Sudáfrica.

Y es que las nuevas generaciones de españoles verán normal que su selección gane Eurocopas y Mundiales, de hecho creo que mis sobrinos se sentirán decepcionados cuando así no sea. Pero para los que somos de otra quinta, lo de aquel 11 de julio supo de una forma especial, como ese sueño que nunca crees que puede hacerse realidad y al final sucede, tanto que hasta te cuesta un tiempo asimilarlo. Por eso esa noche fría en Johannesburgo, cuando marcó Iniesta y todos empezamos a corear aquel “Somos campeones del mundo” y después pitó el árbitro, no lloré como creía que haría. Aún no era capaz de asimilarlo, me parecía todavía increíble aunque poco a poco me sumergí en una comunión simbólica, no sólo con todos los que estábamos allí en el estadio, sino con todos los que estaban en España y salieron a las calles para gritar, emborracharse y ondear sin complejos sus banderas.

Con el gol de Iniesta todas las emociones se desataron en el estadio y en toda España.
Con el gol de Iniesta todas las emociones se desataron en el estadio y en toda España.

Y sí, entiendo a aquellos que ven exageradas este tipo de emociones y reacciones por una victoria deportiva y, si lo analizas racionalmente, quizá no tenga demasiado sentido. Pero, ¿es que la vida nos ofrece muchas oportunidades para alegrarnos tanto? Creo que no demasiadas. Y sí, es sólo fútbol, un deporte en el que juegan once contra once y en el que ahora parece que siempre gana España, pero despierta los sentimientos como pocas cosas en la vida. Y eso, para los cazadores de emociones, es mucho. Como me decía tras la final un amigo que estuvo cubriendo el mundial para un periódico, ya nos podemos morir tranquilos. Por supuesto que sí, al menos futbolísticamente, porque aquel día en el Soccer City sufrimos muchísimo, pero después festejamos como nunca.

La afición holandesa fue mayoritaria en el Soccer City aquel 11 de julio de 2010.
La afición holandesa fue mayoritaria en el Soccer City aquel 11 de julio de 2010.

Creo que el mes en Sudáfrica, y a pesar de estar de vacaciones, fue uno de los más agotadores de mi vida. Miles de kilómetros en coche recorriendo el país, continuos madrugones para visitar sus parques nacionales, cascadas, desiertos, cañones, ciudades, apurando las noches tras cada victoria e incluso tras la primera derrota, no creo que durmiera más de cuatro o cinco horas al día. Y a la vuelta, treinta y seis horas de viaje tras dos escalas y una pérdida de vuelo incluida y prácticamente sin pegar ojo. Llegué a Madrid exhausto pero con una sonrisa en la boca, la de un campeón del mundo. La locura y la espera habían merecido la pena.

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