Cuatro millones de turistas invaden Lyon durante el Festival de las Luces

Publicada en Periodistas por el mundo

Daniel Riobóo

Cada año, del 5 al 8 de diciembre, la ciudad de Lyon se viste de gala para acoger el Festival de las Luces. Según la Oficina de Turismo, más de cuatro millones de visitantes han llegado estos días para contemplar como los edificios y los lugares más emblemáticos de la ciudad se iluminan con distintas formas y colores para celebrar la festividad de la Inmaculada Concepción.

La tercera ciudad de Francia se convierte así en un espectáculo visual de primer orden que cada año aumenta su difusión internacional desde que en 1852 fue erigida la estatua de la Virgen María que corona la ciudad desde la colina de Fourvière. Desde entonces, la antigua capital de la Galia rinde homenaje anualmente a su patrona, aunque la masificación de la celebración es algo más contemporáneo.

Durante los últimos años el ayuntamiento de la localidad ha convertido la tradición lionesa en todo un festival que permite que Lyon sea invadida por hordas de turistas que peregrinan en búsqueda de los monumentos iluminados mientras suena la música y las campanas de las iglesias repiquetean a ritmo de jazz.

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Así, cuando la noche cae, comienza poco a poco la llamativa escenografía de una, ya de por si, muy atractiva ciudad, Patrimonio de la Humanidad desde 1998. Los enclaves más recomendables se sitúan en la península flanqueada por los ríos Ródano y Saona y en la contigua ciudad vieja. Tras presenciar las luces que adornan fuentes, iglesias y edificios y, antes de continuar disfrutando del espectáculo, es conveniente hacer una pausa para asentar el estómago.

La capital culinaria de Francia propone a sus visitantes una suculenta oferta gastronómica aunque, estos días, sus conocidos “bouchons” se convierten en el destino más solicitado. Las tabernas tradicionales lionesas permiten, por un precio moderado, degustar la comida más típica de la ciudad. Eso si, los vegetarianos deberán abstenerse porque predominan la carne y la casqueria, siempre convenientemente regadas por un Beaujolais, el célebre vino tinto afrutado de la región.

El problema de la masificación hace que la reserva sea obligatoria si no se quiere terminar comiendo una baguette en cualquier esquina de la ciudad. En tal caso, la visita merecerá igualmente la pena. De igual forma si, en vez de permanecer en Lyon, se decide pernoctar en alguna de las localidades cercanas, ya que los hoteles en Lyon están reservados desde meses antes.

Cuando el festival está a punto de terminar tiene lugar su punto álgido. Durante el 8 de diciembre, los lioneses colocan velas en sus ventanas alcanzando así la ciudad el paroxismo lumínico. Es entonces cuando sus habitantes presumen, por un día, de tener la ciudad más bella del mundo.

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